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Ningún lugar en el mundo puede presumir de la magnífica alquimia que posee Nápoles: una naturaleza espectacular, arte e historia milenarios, tradiciones ancestrales, colores y sabores arrebatadores y gentes llenas de pasión y entusiasmo vital. Pero el Golfo que la acoge concentra muchos más atractivos: el Vesubio, Pompeya y Herculano, la península Sorrentina y las islas de Ischia, Capri y Procida.

Nápoles tiene un carácter heterodoxo que se aprecia desde la primera vista de sus edificios de la ciudad vieja; esos edificios que presentan un aspecto, entre fantasmal de día y vital de noche, como si les hubieran derramado un ácido corrosivo en sus fachadas y les hubieran descarnado la belleza que en su día tuvieron, dejándoles la piel a tiras, grisácea a veces, amarillentas y envejecidas otras. Ahora, todos esos edificios son bellos por dentro. Y a sus pies, las grandes losas de piedra de lava convierten ese centro antiguo en calles sin aceras, y ni falta que hacen. Peatones y vehículos se entrecruzan en ese caos organizado, donde el peligro reside en observar las reglas de la rutina de las ciudades, digamos, civilizadas del norte de Europa. En esta orquesta ciudadana, todos desafinan. Y, ay de aquel que intente afinar, aquel que intente tocar la partitura tal y como fue escrita en los papeles de los reglamentos. Estas calles, este centro de Nápoles y, por extensión, sus barrios y colinas de los alrededores, son un espectáculo de danza, de equilibrios imposibles, de sonidos en todo tipo de tonalidades, surgidos más para subrayar una postura personal que una queja colectiva. Aquí veréis a la familia entera en moto y sin casco: el papá en medio, la mamá detrás, la pequeña delante, agarrada al manillar y sin ningún temor en la mirada. Y no pasa nada. Esa misma moto puede que acabe, en unos minutos, aparcada en la tienda familiar, pegada al mostrador, donde mamá vende telas y productos de mercería. Junto a esta tienda hay un pequeño comercio de alimentación. Cuatro pisos más arriba, atado al balcón, hay un cubo de plástico. Desde el balcón, la señora María arriará el cubo para que, una vez abajo, en la calle, su nuera, su hermano o su hija lo llene con lo que acaba de comprar hace un minuto en la tienda de al lado. No hay mejor montacargas que este cubo de plástico para ahorrarse los escalones de las viejas casas (palazzi dirán aquí, y en realidad lo fueron), en las cuales ya no hay posibilidad de meter un ascensor, no por falta de espacio sino por abandono económico y letárgico de la idea.

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